¿Viernes 13 maldito?
Ni los propios reyes son inmunes a la triscaidecafobia, que es como se conoce el horror al trece. Cuando Isabel II de Inglaterra visitó Alemania Occidental en 1965, alguien sugirió que la soberana se sentiría mejor si, en vez de salir el tren por la vía trece, lo hacía por cualquier otra, aunque por razones prácticas fuese éste el andén más adecuado. El dilema fue resuelto con pragmatismo por el jefe de la estación de Duisburg, que colocó otra placa con la identificación “12 A”.
De forma parecida, el campeón mundial de motociclismo español Angel Nieto (13 Títulos Mundiales entre los años 1969 y 1984 (7 en 125 cc y 6 en 50 cc) ) resolvió el problema de tener que poner el número sobre su máquina ganadora, cuando en 1989 logró por decimotercera vez el palmarés internacional: rotuló sobre el carenado de su moto “12 + 1 “, como suelen hacer los iraníes, que llaman zyad (”doce y uno”) a este número funesto. Su mala reputación le ha hecho ganar una muy extendida fama de innombrable.
También el mundo de la cultura es sensible a la fatídica cifra. En un homenaje que tributaron a Manuel de Falla en el Hotel Nacional, de Madrid, el célebre compositor se negó a sentarse a la mesa, al comprobar horrorizado que eran trece los comensales. Como de nada valieron los argumentos ni las razones que se esgrimieron para tranquilizarle, tuvieron que salir a la calle y pescar a lazo al invitado decimocuarto.
Está tan extendida esta prevención, que la mayoría de las compañías aéreas evitan poner el número trece en los asientos de sus aviones. También son muchos los grandes hoteles que no tie¬nen habitaciones con este número, al igual que los italianos han suprimido el trece de la lotería. Lo mismo han hecho los municipios del ayuntamiento catalán de Ivars d’Urgell, que eliminaron en el año 1992 todos los treces de los portales, con el fin de “tranquilizar” a los vecinos afectados. Y en varios países, especialmente en Estados Unidos, hay rascacielos que no tienen piso decimotercero. El caso del edificio Chrysler, de Nueva York, es el más llamativo, porque carece de las plantas trece y treinta, dada la parecida pronunciación en inglés de ambos números (thirteen y thirty).
La historia, sin embargo, registra algún que otro desafío al trece, como el caso de Filipo 11, rey de Macedonia, que puso su propia estatua al lado de los doce dioses principales, pero no pudo disfrutar ni un solo día de su megalómano sueño, porque murió asesinado cuando celebraba el acontecimiento en el teatro.
Excepción hecha de los antiguos chinos, de los primeros pobladores de México y de los indios osagos, es creencia universal que el trece es un número maldito. Numerológicamente, el trece es la ruptura del doce, el guarismo sagrado y misterioso por excelencia, que se encuentra en innumerables monumentos de la antigüedad. Doce fueron los grandes dioses de los egipcios, los griegos y los romanos. Y doce fueron los hijos de Jacob, fundadores de igual número de tribus. Todavía hoy quedan vestigios de este mágico culto en medio del sistema decimal, en la costumbre de contar por docenas las ostras y los huevos, las horas del día y de la noche, los meses del año y los signos del Zodíaco.
Parece ser que los primeros que mostraron prevención hacia el trece fueron los hindúes, pero los que más han influido en su divulgación en Occidente han sido los nórdicos. Una vieja creencia escandinava asegura que Loki, el príncipe del mal, se presentó al banquete de los doce dioses sin haber sido invitado. Pero con el fin de no ser el decimotercero en la mesa y pasar inadvertido, hizo que Hodur El Ciego, símbolo de la noche, matase al bueno de Baldur.

Lo que ha consagrado en nuestra cultura el recelo a las comidas de trece ha sido el recuerdo de la última cena del Mesías con sus doce Apóstoles, que fue seguida por la muerte de dos de los comensales, Jesús y Judas, aunque sobre la de este último no se sepa de nadie que la haya lamentado. El tarot recogió esta tradición colocando el símbolo de la muerte en la carta número 13 de sus arcanos mayores. Por si las sospechas que recaían sobre el trece eran pocas, la revista británica Gentlemen ’s Magazine publicó en 1987 una estadística de seguros donde se revelaba que, como promedio, una de cada trece personas que se reunían en una habitación moría antes de un año.
Dicen los que de esto saben que hay un sortilegio para alejar el maleficio en tal situación: basta con tomarse todos de las manos, como si fuesen a bailar una sardana, y levantarse de los asientos a la vez.
KLINGSOR







2008-12-26 at 9.32 am
Hi - enjoyed your home page!