La divinidad en el otro. Todo tiene un porqué
Somos polvo cósmico consciente, somos el universo que se experimenta a sí mismo en las múltiples formas.
En general, las distintas tradiciones predican que todos los seres humanos estamos conectados entre sí. Lo que una persona hace afecta a otras (sino a todas las demás). Cada uno está vinculado de una u otra manera con el resto de la humanidad, ya sea a través de “los tallos de las flores doradas”, el inconsciente colectivo, el efecto mariposa, o los seis grados de separación. O a través de una cadena de hechos ininterrumpidos de la cual cada humano es solamente un eslabón pasándole la posta a la siguiente generación.
Desde este punto de vista todo está relacionado con todo, incluidos los seres humanos entre sí.
Claro, que esto es simplemente conocimiento intelectual o “sólo palabras” si no tenemos el suficiente “poder” para atisbarlo, reconocerlo y sentirlo en nuestro alrededor.
Las personas que nos rodean, nuestros conocidos, amigos y familiares tal vez no están cerca de nosotros por casualidad sino que nos reunimos con ellos porque tenemos un destino en común o una misión que cumplir, ya sea porque formamos parte del mismo grupo de reencarnación, tenemos energías o vibraciones complementarias o debemos pagar deudas kármicas juntos. El universo o “el espíritu” se encarga de reunirnos con otras personas a través de lo que llamamos “casualidades” y “coincidencias”.
A todas las personas que conocimos lo hicimos por algo; desde nuestros padres, pasando por nuestros compañeros en la escuela o el trabajo, hasta un limosnero que sólo vimos una vez en la vida. Tenían una enseñanza para dejarnos o nosotros enseñarles a ellos. Los otros son la lija con la cual nos sacamos las asperezas. Todo forma parte de un plan, el cual en su totalidad no llegamos a ver pero algunas veces si prestamos atención podemos atisbar fragmentos.
Somos como actores que se suben al escenario para representar un guión, en parte ya escrito, en parte abierto a nuestras improvisaciones. También podríamos considerarnos a nosotros y a nuestros allegados como los participantes del Juego de la Vida. Juego en el cual nos son planteados desafíos para evolucionar espiritualmente. Las otras personas pueden tomar el rol de compañeros de viaje o de adversarios, en este último caso nos llevarán a utilizar al máximo nuestros recursos para poder resistir sus embates y continuar en el juego.
Supuestamente al nacer tenemos la misión de resolver una serie de enigmas. En muchos casos el planteamiento de dichos enigmas y sus soluciones se encuentran en nuestras relaciones con los otros, en sus relatos, anécdotas y conversaciones. Basta una sencilla frase de alguien o un regalo que nos hacen para detonar recuerdos, comentarios y experiencias a lo largo de nuestra vida que de repente se hilvanan y adquieren una coherencia inusitada. Las piezas comienzan a unirse y el rompecabezas se forma a la perfección.
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Mar de Flores – Me gustó este concepto sobre blogs pero pienso que se lo puede hacer más amplio. Gráficamente cada nodo (o corola, podríamos decir persona) se vincula con otros (los pétalos) formando una flor (que representa una subred, un relato, un guión, un grupo de jugadores), a su vez las flores se unen formando una enredadera (una red distribuida que vincula a todas las flores, relatos que incluyen a otros relatos, guiones representados, instancias de juego). |
Las otras personas son piezas fundamentales para nuestro desarrollo, podemos encerrarnos solos toda la vida en una cueva en la montaña a meditar o hacer de nuestra vida cotidiana el campo de batalla, con los roces de los demás.
Un santo resumió muy bien esta situación: “Aquel que va solo al cielo, nunca llega.” .
REFERENCIAS:
- La obra de Carlos Castaneda.
- La Enseñanza de Don Juan Matus - Vladimir Antonov.
- La Reina de los Condenados - Anne Rice.
- El Antiguo Secreto de la Flor de la Vida - Drunvalo Melchizedek.
- La serie de tv LOST - J.J. Abrams.
- Los libros de Brian Weiss.
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