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6 July 2009

Jung, I Ching y sincronicidad


Hace algunos años un hombre de negocios estadounidense, George D. Bryson, que realizaba un viaje desde Saint Louis a Nueva York, decidió apearse en Louisville, población del estado de Kentucky totalmente desconocida para él. Habiéndose informado en la estación, supo que en el Hotel Brown hallaría hospedaje para aquella noche. Se dirigió al establecimiento, se inscribió en el registro de huéspedes y le dieron la habitación número 307. Entonces, en parte por bromear y acaso porque no tenía nada mejor que hacer, se aproximó al mostrador del correo y preguntó si había llegado alguna carta para él. Cuál no sería su sorpresa y turbación cuando el recepcionista. Con toda la naturalidad del mundo le hizo entrega de un sobre dirigido a un tal señor George D. Bryson, habitación 307. Tras varias pesquisas, nuestro hombre averiguó que el anterior ocupante de su cuarto era un tal George D. Bryson, empleado de una firma de Montreal.

Todos hemos vivido este tipo de extraña experiencia achacándola en su momento a la casualidad, a alguna coincidencia más o menos afortunada, o al azar. Dada la frecuencia con que se producen. Algunos científicos y filósofos han dado en interrogarse sobre ellas, y también sobre la posibilidad de que no se trate de simples casualidades o coincidencias. A raíz de este aumento del interés científico y filosófico, comienza a aparecer toda una masa ingente de datos indicativos de que nuestro mundo, así como las vidas de sus habitantes, encierran facetas mucho más misteriosas de lo que normalmente suponemos. Con objeto de aclarar unos sucesos que, de otro modo, resultan inexplicables, Occidente ha emprendido el retorno al estudio de la magia y de las ciencias psíquicas.
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Normalmente, los occidentales enfocamos cualquier problema desde una perspectiva de causa-efecto. Por puro hábito mental, consustancial con nuestra manera de ser, buscamos la explicación de todo acontecimiento contemplándolo como un eslabón más en una serie de sucesos interrelacionados. Sin embargo, como indicara el filósofo inglés David Hume hace un par de siglos este método, pese a su innegable utilidad, constituye tan sólo eso, un método. No es una verdad absoluta. Cuando dos bolas de billar chocan y una de ellas sale despedida como resultado de esa colisión, no podemos asegurar que se haya producido una relación de causa y efecto; únicamente podemos suponerlo. Esta clase de suposiciones no implica riesgo alguno en tanto se limite a las observaciones prácticas. lo cual no siempre sucede así en la sociedad occidental. Lamentablemente, hemos elevado la vinculación de causa y efecto a la categoría de ley de aplicación general, excluyendo con cierta frecuencia otros tipos de opiniones o conceptos. De ahí que muchas personas descarten ciertos acontecimientos, atribuidos a la casualidad o coincidencia -imposible de explicar mediante secuencias lógicas de causa-efecto-, por considerarlas incomprensibles.

Los filósofos orientales jamás siguieron este modelo de pensamiento. La creciente atención que Occidente dispensa a sus trabajos constituye un indicio de nuestra insatisfacción con las leyes mecanicistas de causa y efecto, así como el reconocimiento de que hay otros modos de enfocar el estudio de la vida.

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