Jung, I Ching y sincronicidad
Hace algunos años un hombre de negocios estadounidense, George D. Bryson, que realizaba un viaje desde Saint Louis a Nueva York, decidió apearse en Louisville, población del estado de Kentucky totalmente desconocida para él. Habiéndose informado en la estación, supo que en el Hotel Brown hallaría hospedaje para aquella noche. Se dirigió al establecimiento, se inscribió en el registro de huéspedes y le dieron la habitación número 307. Entonces, en parte por bromear y acaso porque no tenía nada mejor que hacer, se aproximó al mostrador del correo y preguntó si había llegado alguna carta para él. Cuál no sería su sorpresa y turbación cuando el recepcionista. Con toda la naturalidad del mundo le hizo entrega de un sobre dirigido a un tal señor George D. Bryson, habitación 307. Tras varias pesquisas, nuestro hombre averiguó que el anterior ocupante de su cuarto era un tal George D. Bryson, empleado de una firma de Montreal.
Todos hemos vivido este tipo de extraña experiencia achacándola en su momento a la casualidad, a alguna coincidencia más o menos afortunada, o al azar. Dada la frecuencia con que se producen. Algunos científicos y filósofos han dado en interrogarse sobre ellas, y también sobre la posibilidad de que no se trate de simples casualidades o coincidencias. A raíz de este aumento del interés científico y filosófico, comienza a aparecer toda una masa ingente de datos indicativos de que nuestro mundo, así como las vidas de sus habitantes, encierran facetas mucho más misteriosas de lo que normalmente suponemos. Con objeto de aclarar unos sucesos que, de otro modo, resultan inexplicables, Occidente ha emprendido el retorno al estudio de la magia y de las ciencias psíquicas.

Normalmente, los occidentales enfocamos cualquier problema desde una perspectiva de causa-efecto. Por puro hábito mental, consustancial con nuestra manera de ser, buscamos la explicación de todo acontecimiento contemplándolo como un eslabón más en una serie de sucesos interrelacionados. Sin embargo, como indicara el filósofo inglés David Hume hace un par de siglos este método, pese a su innegable utilidad, constituye tan sólo eso, un método. No es una verdad absoluta. Cuando dos bolas de billar chocan y una de ellas sale despedida como resultado de esa colisión, no podemos asegurar que se haya producido una relación de causa y efecto; únicamente podemos suponerlo. Esta clase de suposiciones no implica riesgo alguno en tanto se limite a las observaciones prácticas. lo cual no siempre sucede así en la sociedad occidental. Lamentablemente, hemos elevado la vinculación de causa y efecto a la categoría de ley de aplicación general, excluyendo con cierta frecuencia otros tipos de opiniones o conceptos. De ahí que muchas personas descarten ciertos acontecimientos, atribuidos a la casualidad o coincidencia -imposible de explicar mediante secuencias lógicas de causa-efecto-, por considerarlas incomprensibles.
Los filósofos orientales jamás siguieron este modelo de pensamiento. La creciente atención que Occidente dispensa a sus trabajos constituye un indicio de nuestra insatisfacción con las leyes mecanicistas de causa y efecto, así como el reconocimiento de que hay otros modos de enfocar el estudio de la vida.
Los llamados sucesos fortuitos o casuales ponen en tela de juicio nuestros supuestos más fundamentales acerca de la realidad. Su acumulación gradual se traduce en una sólida barrera de dudas, algo similar a la barrera del sonido que se alza al paso de una aeronave desplazándose a velocidad supersónica. Para poder avanzar debemos estrellamos contra esa barrera, debemos adoptar un nuevo concepto de la realidad que trascienda los limites del obstáculo creado por nuestras expectativas y suposiciones, especialmente en lo relativo a la vinculación de causa y efecto. En 1973 apareció en Londres un libro titulado The Challenge of Chance, obra conjunta de sir Alister Hardy, Robert Harvie y Arthur Koestler, con numerosas anécdotas ilustrativas de cuanto constituye un suceso casual. Algunos ejemplos pueden convencemos de la conveniencia de plantear estos temas desde una nueva perspectiva.
Un ejemplo es el del hombre que adquirió una casa, propiedad de dos ancianas, comprometiéndose a no retirar cierto cuadro de la pared donde estaba colgado. Pasaron los años, y el hombre, olvidando su compromiso, vendió la casa y envió la pintura a una sala de subastas. El nuevo inquilino, totalmente ignorante de aquel asunto, adquirió el cuadro y lo devolvió a su lugar de siempre.
Negar la importancia de este tipo de hechos, atribuyéndolos a mera “casualidad”, equivaldría a volverle la espalda a todo un campo científico. De ahí que un psicólogo tan célebre y prestigioso como Carl Gustav Jung los estimara dignos de un estudio a fondo. En el transcurso de los años observó que tanto sus pacientes como él mismo habían vivido, en numerosas ocasiones, lo que denominó “coincidencias significativas”, Éstas, en gran medida, guardaban relación con sueños o premoniciones, por lo cual Jung dedicó sus últimos años de vida a la explicación de ese tipo de experiencias. Utilizando el término sincronismo para describir aquellos incidentes en apariencia sujetos a una conexión de tiempo-significación -pero no de causa-efecto-, consideró que el origen de estas coincidencias debía localizarse en determinados sentimientos inconscientes, muy intensos, que afloraban en situaciones de tensión o de cambio.
Casi todos hemos tenido algún sueño extraño o premoniciones -posteriormente confirmados- sobre familiares o amigos. En su calidad de psicoanalista, Jung mantenía una estrecha relación con sus pacientes. Una noche, hallándose completamente solo en su cuarto del hotel tras celebrar una de sus conferencias, Jung despertó presa de gran excitación. Estaba convencido de que alguien se había introducido en la habitación. Encendió la luz e inspeccionó la estancia, infructuosamente. Trató entonces de recordar lo sucedido. Le había despertado una sensación de dolor sordo, como si le hubieran golpeado en la frente y en la nuca. Al día siguiente recibió un telegrama informándole de que un antiguo paciente, con quien había perdido todo contacto tras ayudarle a superar una grave crisis, se había pegado un tiro. El proyectil quedó alojado en la región occipital.
Este tipo de sucesos sincrónicos se producían con cierta frecuencia, tanto en la experiencia de Jung como en la de sus pacientes. Convencido el célebre psicólogo de que todo ello debía encerrar algún significado, decidió aplicar a esa tarea sus ingentes conocimientos y su experiencia dilatada. La muerte le sobrevino cuando trabajaba en la idea de una eventual reunión de la física y la psicología, centradas ambas ciencias en una concepción común, clave unificadora de las fuerzas activas presentes en los mundos físico y psíquico. Si los físicos habían liberado la energía encerrada en el átomo, ¿por qué no podía hacerse otro tanto con la contenida en la psique humana? Desde siempre, los magos persiguieron justamente esa unificación de los mundos físico y psíquico, aunque su labor no se desarrollara de acuerdo con modelos científicos.

Entre los textos más antiguos del mundo, destaca el venerable libro chino de la sabiduría y la adivinación, el I Ching o Libro del Cambio. Aunque sus orígenes quedan oscurecidos por el mito, sabemos que su actual formato sistemático lo completó en el año 1143 a. d. C., el rey Wen, introduciendo más tarde ciertas mejoras su hijo, el duque de Chou. Este célebre texto ha ejercido un influjo extraordinario sobre las dos grandes religiones de China, el confucianismo y el taoísmo.
El fundamento del I Ching estriba en la identificación del hombre con el universo circundante, compuesto este último por dos fuerzas iguales y complementarias, el Yang y el Yin. El Yang es el principio activo, representación de los atributos positivos; el Yin, pasivo aunque no por ello menos importante, es la encarnación de lo negativo. Yang simboliza la luz, y Yin las tinieblas. Puesto que todo cuanto existe supone una amalgama de Yang y de Yin, las diferencias observables en las cosas del mundo obedecen a las diversas proporciones de uno u otro componente. Según esta antigua creencia china, todo suceso viene a ser el producto de la interacción de ambos principios.
EI I Ching contiene sesenta y cuatro figuras o hexagramas, cada uno de los cuales consta de seis líneas continuas y discontinuas. Los trazos discontinuos representan los atributos Yin, y los continuos los Yang. Cada hexagrama posee su nombre simbólico, referido a una situación de la existencia, acompañándose de un breve texto explicativo cuya redacción se atribuye al rey Wen. También se ofrece al lector un comentario del texto -posiblemente obra de Confucio-, amén de una interpretación simbólica del hexagrama y de cada una de sus líneas componentes. El I Ching no acepta la inmutabilidad del futuro, ni pretende adivinarlo, limitándose a facilitar directrices de altísima calidad moral, con objeto de que el lector decida libremente sobre la conducta a seguir. Como quiera que estas directrices morales dependen en gran medida de la interpretación atribuida por el consultante, es de todo punto imprescindible que éste considere el l Ching desde una perspectiva correcta de seriedad y receptividad.
El psicólogo estadounidense Ira Progoff recuerda cierta ocasión en que consultó el l Ching con el auxilio de Jung. Recién publicado su primer libro en torno a la labor del maestro suizo, Progoff se desplazó a Europa con objeto de proseguir su investigación a las órdenes del insigne psicólogo. Una tarde, mientras ambos hombres descansaban en el jardín de la casa que Jung poseía a orillas del lago Zurich, éste preguntó a su huésped si había consultado alguna vez el Libro del Cambio. Al responder Progoff en sentido negativo, Jung sugirió que lo hicieran inmediatamente, para lo cual el estadounidense debía plantear el problema que en aquel momento le preocupara. Aunque no le vino a la mente ningún problema digno de consideración, Progoff se dispuso a formular preguntas de tipo general sobre su actual situación, la importancia futura y los resultados de su labor. Jung extrajo tres monedas de un viejo monedero de piel y, habiéndolas arrojado seis veces, a Progoff le correspondió consultar el hexagrama número cincuenta y nueve, cuyo nombre es “dispersión”. He aquí el mencionado hexagrama:

Su texto es como sigue:
Dispersión. Éxito. El rey se aproxima a su templo ancestral.
El templo le ayuda a cruzar las grandes aguas. La perseverancia ayuda.
Esto parecía corresponderse con la situación de Progoff. Acababa de publicar un libro cuyo objetivo era la difusión o extensión de las ideas de Jung, por lo cual la predicción de su éxito resultaba alentadora. Había cruzado “las grandes aguas” del Atlántico para colaborar con Jung. Disfrutaba entonces de un período sumamente feliz en una situación idílica (el “templo” constituye un símbolo del lugar resguardado de todo peligro). Por último, lo que más preocupado le tenía era la posibilidad de no tratar su tarea y su vida con la suficiente seriedad. De ahí que esas palabras, “la perseverancia ayuda”, le resultaran en extremo significativas.
Todo aquello encajaba perfectamente con su situación. Ahora bien, ¿por qué razón -se preguntaba Progoff- unas monedas arrojadas en un jardín suizo en el año 1953, se traducían en un antiquísimo texto chino de significado plenamente lógico para él? Tal cosa parecía imposible y absurda. ¿O sería pura casualidad? Pese a las apariencias, debía recordarse que una civilización altamente refinada se había servido de aquel libro y de su principio fundamental durante muchos siglos. Era esa una realidad que no cabía descartar a la ligera. Un hombre como Carl Gustav Jung, por ejemplo, parecía tenerla muy presente.
En Recuerdos, sueños y reflexiones, Jung menciona su prolongado interés por el I Ching, cuyo manejo comenzó a familiarizarse hacia el año 1920. Un verano tomó la decisión de descifrar aquel enigma, sirviéndose de tallos de caña en vez de la tradicional milenrama.
“Pasaba horas y más horas sentado bajo el peral centenario -escribe Jung-, ejercitándome en el manejo del 1 Ching… combinando preguntas y respuestas. Los resultados eran variadísimos, innegablemente expresivos, con todo tipo de vinculaciones significativas, aunque inexplicables mediante mis procesos mentales,” Le preocupaba la cuestión del significado de las respuestas obtenidas, pues si éstas eran verdaderamente significativas, l de qué modo se establecía esa conexión entre lo psíquico y lo físico? l Cómo podía responderse a una consulta mental a través de la interpretación de un antiguo hexagrama, aparentemente seleccionado al azar?.
Cuando más adelante empleó el l Ching con sus pacientes, pudo constatar la pertinencia de una proporción relativamente alta de respuestas. Jung menciona el caso de un joven paciente aquejado de un agudo complejo maternal. Había encontrado una posible esposa, pese a lo cual segura intranquilo, como temiendo haberse sentido atraído, inconscientemente, por otra acusada figura maternal. Consultado el l Ching, resultó que el texto del hexagrama parecía sumamente apropiado a su situación: “La doncella es todopoderosa. No será conveniente desposarla,”.
Para explicar el funcionamiento del Libro del Cambio, Jung siguió un cauce paralelo al de su teoría del azar significativo. Los hechos, como ya hemos dicho, pueden estar vinculados entre sí por una relación de tiempo-significado, aunque no estén asociados por causa y efecto. De acuerdo con la concepción de causa-efecto, los acontecimientos surgen unos de otros, Según el concepto del azar significativo ó sincronismo, los acontecimientos objetivos son interdependientes, como si estuvieran vinculados por una vasta red de relaciones. A su vez, esta red enlaza con el estado psíquico o subjetivo de la persona afectada, la cual, en el caso del I Ching, sería la que hubiera formulado la consulta.
La creencia de que existe una interacción hombre-universo, o mente-materia, constituye el fundamento de la teoría y la práctica mágicas en todo el mundo. No menos importancia re-viste la idea de que ciertas condiciones favorecen esa interacción, condiciones que afectan a las formas, los modelos e incluso las relaciones espaciales entre elementos, en una situación dada. Parece ser que estas condiciones favorables no dependen de relación alguna de causa-efecto, o cuando menos de cualquier tipo de relación comprensible para la mente humana. Por ejemplo, se escogen determinados parajes para el emplazamiento de santuarios; el momento más propicio para ciertos actos parece depender de la situación de los planetas; se afirma que ciertas formas brindan protección, producen buena suerte o atraen los poderes maléficos. ¿Acaso estas creencias son, en su totalidad, meras supersticiones? Recordemos, antes de descartarlas definitivamente, que en los últimos tiempos se ha demostrado la existencia de hechos extrañísimos, para los cuales no parece haber explicación conocida: dejándolas algún tiempo dentro de una pirámide en miniatura, las hojas de afeitar se afilan solas; las heridas de los ratones sanan antes si se les encierra en jaulas esféricas. Diríase que la forma de las cosas ejerce influjos inexplicables.
Suponiendo que reconozcamos las limitaciones inherentes al examen de estos hechos desde la perspectiva de causa y efecto, ¿qué beneficios nos reportará esa actitud? Pues, como mínimo, tal modificación de nuestro enfoque nos permitirá investigar indicios y combinar posibilidades hasta ahora inéditas. Examinemos, por ejemplo, la idea de las formas y los diseños. Comprobaremos que el repertorio de formas y diseños básicos de la naturaleza es más bien limitado, repitiéndose en contextos muy diferentes. Un átomo de tungsteno ampliado dos millones de veces ofrece el aspecto de una constelación. En el siglo XVIII, el físico Ernst F. Chladni descubrió el modo de hacer visibles las ondas sonoras, depositando una placa metálica recubierta de arena sobre un violín. Al pasar el arco por las cuerdas del instrumento, la arena adoptaba unos dibujos semejantes a los que puedan hallarse en cualquier organismo vivo. El universo ofrece una compleja red de correspondencias estructurales y de modelo, sin conexión causal aparente.
¿Puede pensarse otro tanto de los acontecimientos que se producen en el universo? De registrarse un cambio mínimo en el modelo de los acontecimientos existentes en determinado momento -por ejemplo, algo tan infinitamente pequeño como el acto de arrojar unas monedas y de formular una consulta-, ¿acaso se modificaría la situación actual, con la consiguiente aparición de un nuevo modelo? Y este nuevo modelo, ¿podría atraer -relacionándolos consigo mismo- otros acontecimientos y situaciones alejados en el tiempo y el espacio? Esta era la clase de preguntas que Jung se formulaba, llegando incluso a acuñar una nueva denominación, la “causalidad mágica”, para describir tales posibilidades, hecho que no dejó de provocar la sorpresa de más de un colega. He aquí un ejemplo de causalidad mágica:
Un paciente sometido al psicoanálisis, Henry, soñó que cuatro adivinos chinos decidían su destino mediante la consulta de un oráculo, para lo cual “utilizaban palillos de marfil”, Le contó el sueño a su analista y éste mencionó el l Ching, sugiriéndole que lo consultara. Henry era un joven de veinticinco años de edad, muy Inteligente, algo fantasioso, reprimido y con una tendencia acusada a la introversión. Le correspondió el hexagrama llamado “locura juvenil”, cuyo texto dice, entre otras cosas: “Para la locura juvenil, nada hay más absurdo que dejarse arrastrar por vanas fantasías. Quien se obstine en fantasear será humillado,” Henry se turbó ante aquel texto. Hasta entonces sólo había aceptado la existencia de lo puramente racional, rechazando todo tipo de ideas o sentimientos aparentemente ilógicos.
En otro párrafo del texto se le prohibía volver a consultar el I Ching. Pese a ello, una noche soñó con un yelmo y una espada flotando en el espacio y, en cuanto despertó, sin detenerse en reflexiones abrió el libro al azar. “La persistencia es fuego -Ieyó-. Significa cotas de malla, cascos, lanzas y armas,” Se quedó atónito y comprendió al instante a qué obedecía la prohibición de consultar de nuevo el libro. Era muy sencillo, debía permitir la libre expresión de su ser inconsciente, sin los obstáculos creados por su mente racional. Desde entonces -nos dice su analista-, Henry “prestó la debida atención a las comunicaciones de su inconsciente” y fue convirtiéndose en un hombre nuevo, “pletórico de espíritu emprendedor”.
¿Es la magia una concentración de facultades mentales, o acaso se trata de una anexión de las facultades activas en el universo? Esta pregunta es plenamente lógica, aunque su formulación sea errónea. A medida que nos adentramos en el tema vamos comprendiendo que no se trata de elegir entre una u otra explicación, sino de que ambas son inseparables. El caso de Henry resulta muy ilustrativo: tanto la imagen del yelmo como la del arma formaban parte de su sueño, pero igualmente existían en el mundo externo -en forma de palabras impresas en un libro-. Su reunión se produjo por medio de un clásico acontecimiento sincrónico.
Nos encontramos ante un principio básico de la psicología de Jung, quien sostuvo que la estructura fundamental del intelecto humano era el inconsciente colectivo. Éste se compone de arquetipos heredados -no procedentes de las vivencias personales-, que a su vez constituyen condensaciones de los recuerdos acumulados por la especie humana, siendo su origen el fondo de experiencias comunes de todos los hombres. Esos recuerdos no pueden representarse verbalmente, sino tan s610 mediante símbolos de ardua definición -lo cual no obsta para que proliferen en todas las mitologías-. Proporcionan además unas pautas de conducta humana en situaciones arquetípicas o de tensión, tales como peligros, conflictos, muerte o amor. En esas situaciones, los arquetipos, portadores de emociones intensas, invaden nuestra conciencia en forma de símbolos.
Teniendo presente cuanto antecede, examinemos con mayor atención el fundamento simbólico del l Ching. Ya vimos que cada uno de los sesenta y cuatro hexagramas es una combinación, no repetida, de líneas continuas y discontinuas; las primeras representan los atributos Yang -las fuerzas activas del universo- y las segundas los Yin -las fuerzas pasivas, no menos importantes-o Todo hexagrama se compone de dos trigramas, o conjuntos de tres líneas.
El origen de los trigrarnas es anterior al del propio I Ching, atribuyéndose tradicionalmente su descubrimiento al emperador Fu Hsi (2852-2738 a.d.C.), quien se inspiró en el capa razón de una tortuga. Su línea inferior representa la tierra; la central o media es el hombre; y la superior, el cielo. Así, el hombre vive en una relación de interacción cielos-tierra.
La agrupación de las tres líneas para formar un trigrama da lugar a ocho combinaciones posibles de trazos continuos y discontinuos. Cada trigrama se asocia a un símbolo, y estos símbolos constituyen cuatro grupos de opuestos emparejados: cielo y tierra; monte y lago; fuego yagua; trueno y viento. También se asocian parejas de atributos: lo creativo (el cielo) y lo receptivo (la tierra); lo violento (el trueno) y lo suave (el viento); lo inactivo (el monte) y lo alegre (el lago); lo persistente (el fuego) y lo vano (el agua). La reunión de dos trigramas para formar un hexagrama producirá diversos grados de concordancia o discordancia entre ellos. Si concuerdan, el hexagrama significa algo bueno, agradable o afortunado. De no existir armonía entre los trigramas, debe interpretarse como algo malo, desagradable e infausto. Veamos un ejemplo:

El de la izquierda se llama “paz”, y el de la derecha, “paralización”. En estos dos hexagramas, Yin y Yang aparecen en la misma proporción, aunque sin combinarse. El hexagrama de la izquierda representa armonía y equilibrio, pues las tres líneas Yang del trigrama inferior proporcionan una base inmejorable a los tres trazos del superior. Pero cuando un trigrama Yang descansa por completo sobre uno Yin, pasivo y blando (caso del hexagrama de la derecha), la significación es sumamente desfavorable.
En 1962 se produjo una tensa situación internacional al conocerse la noticia de que nutridos contingentes de tropas chinas se concentraban ante las fronteras indo tibetanas. El mundo entero temió que se lanzaran sobre las llanuras de la India. John Blofield, un inglés por aquel entonces afincado en Bangkok, decidió consultar el l Ching en busca de una predicción del futuro inmediato. El oráculo pronosticó correctamente la estrategia china, explicando además sus razones. Los noticiarios confirmaron más tarde el acierto de aquel pronóstico. Blofield, que algún tiempo después publicaría su propia traducción del l Ching, llegó a preguntarse si los generales chinos no habrían planeado su campaña siguiendo los consejos del venerable libro. Esa suposición no era descabellada, pues los libros de estrategia militar inspirados en el l Ching fueron, hasta hace poco, lectura obligada para los oficiales japoneses.
La significación de los hexagramas y sus trigramas compomentes se basa en el supuesto de que cuanto existe en el universo -desde los sistemas solares a las partículas subatómicas- forma parte de una intrincada red de relaciones, en cuyo seno se producen interacciones constantes. Además de pertenecer a un todo, cada parte constituye un reflejo suyo. La tortuga era un animal sagrado para los antiguos chinos, porque su caparazón convexo, dotado de intersecciones cuadradas y laterales, se correspondía exactamente con el modelo celeste. No cabe duda de que habrían suscrito el principio básico del sistema mágico propugnado por la filosofía hermética, principio resumido en la simple fórmula de “así arriba como abajo”, y cuya significación se aplica tanto al misticismo como a la magia.
Los escritos herméticos abordan numerosos temas, siendo uno de ellos el ocultismo. Estos tratados, cuyo origen se remonta al siglo 111 a.d.C., son obra de diversos autores anónimos, y su recopilación y condensación debió de producirse a lo largo de centenares de años. El supuesto creador es Hermes Trimegisto (”Hermes tres veces grande”), versión helénica del dios egipcio Tot.
Entre los postulados básicos del hermetismo figuraban la unidad del cosmos y la interdependencia de sus partes. La relación entre ellas se regía por las leyes de la simpatía y la antipatía, cuya comprensión sólo podía alcanzarse por revelación divina. Los trabajos herméticos sobre la alquimia abarcaban el estudio del sistema de simpatías o correspondencias ocultas, fundamento teórico de un importante sector de la tradición mágica. Este sistema tiene por objeto el descubrimiento de vínculos secretos entre las diversas partes del universo, en apariencia inconexas. La filosofía hermética mereció un profundo interés por parte de Jung, quien, pese a descubrirla a edad ya algo avanzada, dedicó diez años y dos obras importantes (Psicología y alquimia y Mysterium Coniunctionis) a su estudio. No dejaba de tener mérito su gesto, en una época en que la alquimia se consideraba una seudociencia desprestigiada, y a sus practicantes se les tenía por químicos de pacotilla o charlatanes codiciosos. Su objetivo declarado -la obtención de oro a partir de metales básicos- parecía encarnar la codicia y credulidad humanas, hasta que Jung calificó aquel proceso como símbolo del esfuerzo del hombre por modificar su personalidad, en pos siempre de la perfección suprema. Jung descubrió en la ignorada literatura hermética una preciosa reserva de “temas arquetípicos… que aparecen en los sueños de las personas actuales”. ¿Acaso descubrieron los alquimistas el modo de liberar la energía encerrada en la psique humana, como harían más tarde los físicos con la contenida en el átomo? ¿Es posible que consiguieran reunir los mundos físico y psíquico en una interacción dinámica? ¿Fueron unos charlatanes inmersos en el error, o profundos filósofos, auténticos magos dotados de poderes sobre un mundo material?
El sincronismo, decía Jung, era un ramal derivado de sus trabajos sobre los alquimistas. Se trataba únicamente de una teoría descriptiva, de una declaración en el sentido de que los hechos extra-causales no eran meros accidentes, sino una parte significativa de la realidad, susceptible de aportar el indicio decisivo para nuestra comprensión de los misterios esenciales de la vida y del mundo. Jung sostenía la existencia e importancia de los sucesos sincrónicos, si bien quedaba fuera de su misión como científico el decir cómo sucedían, o si podían provocarse. No obstante, sabemos que a lo largo de la historia ha habido hombres menos reservados y cautos: los magos.
KLINGSOR







2009-07-13 at 12.19 pm
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2009-08-07 at 6.51 pm
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