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25 July 2008

Historia japonesa: Reencarnación

En la parte más alejada al Norte y más montañosa de la provincia de Echigo hay un templo que durante el reinado del emperador Ichijo tuvo una curiosa historia ligada a él, y, aunque el emperador Ichijo reinó hace tanto tiempo, entre los años 987 y 1011, el narrador de la historia me asegura que creía que el templo existía todavía.

El nombre del templo es Kinoto y está situado en las colinas de bosques inexplorados, que en aquellos días tuvieron que haber sido casi bosques vírgenes.

El monje que dirigía el templo Kinoto era un hombre bastante joven, pero muy devoto; dos veces al día leía en alto sermones sagrados de la Santa Biblia Budista.

Un día el buen joven se dio cuenta de que dos monos habían bajado de la montaña y se habían sentado a escuchar su lectura con caras serias y sin burlas. Se distrajo, pero, sin darle importancia, continuó leyendo. Tan pronto como
hubo terminado, los monos se fueron a las colinas.

El monje se sorprendió al ver aparecer a los monos en sus sermones del día siguiente, y cuando al tercer día vinieron de nuevo no pudo evitar preguntar por que venían con tanta regularidad.

“Santo padre, hemos venido porque nos gusta oír como lee las palabras y sermones de Buda, y deseamos enormemente recordar toda la sabiduría y virtudes que le hemos oído recitar a usted. ¿Es posible que nos copien el gran libro budista sagrado?”

“Sería un asunto muy laborioso”, contestó el sacerdote, muy asombrado; pero como vosotros, animales, tenéis,
Un interés tan extraño en los sermones de nuestro Gran Señor Buda, haré un esfuerzo para satisfacer vuestro deseo, esperando que por ello podáis ser beneficiados.”

Los monos se inclinaron y dejaron al sacerdote, contentos con ellos mismos y con la promesa que habían conseguido. Mientras tanto el sacerdote se puso a trabajar en su gigantesca labor de copiar la biblia budista. Unos seis o siete días más tarde vinieron al templo unos quinientos monos cada uno llevaba papel pergamino, que dejaron delante del sacerdote, y el capataz dijo lo profundamente agradecidos que estarían ellos cuando tuvieran la copia de la Biblia, porque podrían conocer las leyes y enmendarse. E, inclinándose de nuevo ante el sacerdote, se retiraron, todos excepto los dos primeros monos. Estos dos empezaron a trabajar con diligencia para encontrar alimentos para el sacerdote mientras éste escribía. Día tras día ellos entraban en las montañas y volvían con frutas silvestres y patatas, miel y setas, y el sacerdote continuaba escribiendo constantemente; de otra forma le sirvieron hasta que hubo copiado cinco volúmenes del libro sagrado.

Buda y el mono

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